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John Carroll Lynch debuta como director con Lucky, escrito por Logan Sparks y Drago Sumonja. Harry Dean Stanton (Paris, Texas, 1984) lo protagoniza y su muerte a los 91 años en septiembre del 2017, poco tiempo después de actuar en este largometraje, coincide de forma casi premonitoria con su papel en la cinta, la cual es una reflexión sobre la mortalidad y lo que podemos hacer con esa inefable verdad.

Por Nadia Virgilio

Lucky es un veterano de guerra de 90 años que vive solo en un pueblo del desierto de Arizona. Se acota a una rutina que sigue día con día: despierta, realiza una serie de ejercicios de yoga, se prepara un café o lo adquiere con Joe, en un restaurant cercano, compra leche y cigarros en una tienda, ve programas de concursos en la televisión, resuelve crucrigramas y al caer la noche se sienta en el mismo lugar para ordenar su Bloody Marie en el bar de Elaine (Beth Grant).

Un día, una luz roja parpadea para marcar las 12:00 en su cafetera y Lucky se desmaya al observarla. Al ir con su médico de cabecera, Dr. Kneedler (Ed Begley) éste le asegura que no tiene nada en particular y su salud parece estable, incluso a pesar de fumar una cajetilla de cigarros por día. El diagnóstico es simple: todo cuerpo se acaba, el tiempo para el nonagenario está contado.

Luego de esta charla con el doctor, Lucky comienza a cuestionarse varias cosas. A lo largo de ese camino hacia el destino que todos compartimos, varias visiones de la muerte destellan en diversos personajes.

Bobby Lawrence (Ron Livingston), un vendedor de seguros de vida, y su idea de tener todo bajo control cuando pase algo que no esta en tus manos. Fred, un ex Marine (Tom Skerritt) y una anécdota que muestra la valiente aceptación del fin y el coraje que conlleva recibirlo con tranquilidad –además de recordarnos que nunca es tarde para crear un lazo de amistad, por breve que sea, y éste puede significar un respiro.

También vemos a David Lynch, director característico por su cinematografía onírica, aparece irónicamente en una película que tiene como estandarte el “realismo”. Su presencia es pieza clave para hablar de otro de los personajes indirectos, pero de los más importantes de la historia: la tortuga galápago.

Este animal, llamado “President Roosevelt” en la historia, es una metáfora de la condición humana, pues lleva siempre consigo el caparazón y no puede deshacerse de él, así como nosotros cargamos la conciencia de nuestra mortalidad a todos lados, toda la vida y debemos seguir caminando. A veces puede ser pesado, pero está adherido al ser.

Además de un conmovedor discurso de Howard, dueño del longevo reptil, otro pico importante en la historia es la fiesta de cumpleaños de Juan, hijo de la cajera que administra la tienda a la que acude Lucky cotidianamente.

En esa secuencia se refleja la lozanía del niño que se convierte en adolescente, en contraste con el deterioro de la vejez. Esa fiesta, entre niños, colores, risas, una piñata y un flan, retrata de una manera sencilla la fuerza vital, la energía, lo que irradia movimiento, algo que es inexistente en la vida de Lucky.

Otro eje esencial es la música acompaña al filme desde el inicio hasta su conclusión: varias canciones mexicanas que son un guiño de cada tema crucial de la narrativa; la letra de Johnny Cash “I See a Darkness”, mientras una toma de Lucky envuelto en sus cobijas; la versión de Stanton de “Red River Valley,” en harmónica, además del excelente diseño sonoro.

Las situaciones mencionadas se sienten orgánicas, fluyen de una forma verídica. En este sentido, “realismo” es una palabra clave para Lucky, dentro del crucigrama de palabras perdidas en su cotidianidad. Se trata de “la conducta o forma de ver los hechos y las cosas tal como son, sin ningún idealismo”, y, agrega el protagonista, verlas de frente, aceptarlas tal cual las vemos.

“Saber quiénes somos, enfrentar quiénes somos y encarar tu destino sin miedo”, son las lecciones finales de Lucky, que parece haber encontrado algunas respuestas en ese viaje de introspección.

“Es verdad que al final nada importa y todo lo que conocemos se va a esfumar”, dice Lucky. ¿Qué hacer entonces ante ese destino que no se puede cambiar? “Sonreír”, es lo que contesta él cuando le preguntan en el bar qué hacer con el abismo y la naturaleza perecedera de las cosas.


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