Dirigido por Joachim Trier, Thelma (2017) es un thriller psicológico que narra la vida de una joven cristiana que está a punto de conocer un profundo deseo reprimido y un potencial sobrenatural guardado.

Por Nadia Virgilio

Thelma (Eili Harboe) no tiene amigos, es solitaria e introvertida. Ver a la gente con amigos o novios le parece corriente, feo y banal. Así, la joven comienza su vida universitaria lejos de su hogar en el bosque, para trasladarse a la ciudad.

Desde casa, su padre Trond (Henrik Rafaelsen), y su madre Unni (Ellen Dorrit Petersen) están al pendiente de sus actividades, redes sociales y horarios escolares.

A pesar de haber tenido una educación cristiana, Thelma comienza a cuestionarse algunas cosas, también un poco a raíz de sus nuevas clases. Pero al tocar el tema con su familia, ésta reacciona con desagrado.

“Hablas como si lo supieras todo […] El saber no nos hace mejores que otros”, le recrimina el padre por una diferencia de opiniones que surge cuando la universitaria menciona un tema delicado en la mesa. Esta es quizá la primera confrontación que tiene la joven con respecto a su vida cristiana.

A unos días de haber iniciado las clases, Thelma conoce a Anja (Kaya Wilkins) y este acercamiento le presenta nuevas posibilidades de relacionarse con gente de su edad y tener experiencias distintas. Nace una amistad entre ellas, que pronto evoluciona en atracción.

El abrir una “caja de pandora” de fiestas alcohol, amigos y el descubrimiento del erotismo–cosas totalmente normales para sus compañeros, pero intocables para ella- los pensamientos de la joven religiosa no cesan de ir a los mismos lugares que ella misma evita.

Es en esos pensamientos que Thelma enfrenta conflictos internos, que son detonantes también de lo que parecerían ataques epilépticos y un potencial sobrenatural guardado.

Lo rezos de Thelma no bastan para que los ataques se detengan. Al contrario, solo parecen empeorar. Cuando descubre que tiene esto en común con la abuela, la busca para hallar respuestas de esta conexión psíquica. Esta indagación la obliga a examinar recuerdos de su infancia.

Este largometraje deja claro el mood que pretende generar desde la primera escena, la cual despega fuerte y asienta el tono; nos llena de curiosidad, “nos avisa” y prepara para malas noticias.

La fotografía, bellamente realizada por Jakob Ihre, es un acierto, pues emula desolación y miedo; con sus paisajes naturales nevados —lo salvaje y profano— y los interiores —lo que se puede controlar, lo sagrado—.

Además los planos generales y los travellings que se acercan y alejan lentamente, dan tiempo al espectador de reflexionar en lo que está aconteciendo, además de crear tensión.

La cinta recoge clásicos elementos del terror como pistas de “un mal augurio”: aves negras que se caen y serpientes que se deslizan en presencia de lo mundano y carnal.

Un punto álgido en esta cinta es la escena del auditorio: tensión sexual, incomodidad, autocensura. Ejemplifica perfectamente, en forma de analogía con la música y el baile, la fuerza del deseo de Thelma que no puede ser desembocado.

En otro momento onírico, los rostros que emanan fuego por dentro le recuerdan a Thelma lo que su padre le mencionó del infierno cuando era pequeña; y una vez más el ícono del pecado: la serpiente.

El compositor Ola Fløttum crea momentos contundentes con la música en esta escena y a lo largo del filme. Además el viento que escuchamos en segundo plano mientras ese “sueño” transcurre, es un punto al diseño sonoro, pues le dice a la joven: “estás sola en esto” y a la vez es un momento en que conecta con lo más natural en ella, su “yo” verdadero.

El guion, desarrollado por el mismo Trier en colaboración Eskil Vogt, su guionista de cabecera, toca temas tan antiguos como los miedos que ha generado el desconocimiento de enfermedades como la epilepsia.

Las convulsiones señalan el relato histórico de las posesiones como castigos de dioses o demonios, dependiendo de la cultura, y su vinculación con la brujería. Los contextos religiosos que reprimen e inculcan la culpa ante los impulsos sexuales.

Thelma vive aturdida con ese don cuya fuerza parece destructiva. Aunque de niña hizo cosas cuestionables, el hecho de desear algo tan fuerte con la mente que se logre materializar en la realidad, no tiene que ser necesariamente una maldición.

Y es este el mensaje real de la película: algo con lo que lidió parte de su vida (dígase poderes psíquicos) y con lo que está lidiando en el presente (dígase su descubierta homosexualidad) son partes ineludibles de su vida que la pueden destruir o si, aprende a vivir con ellas, la pueden salvar y ayudar a ser feliz.

“Hacer que las cosas pasen”, como la protagonista lo describe, es una habilidad nata, pero significa también el poder de aceptarse y cuestionarse quién es en realidad para ser libre.

La maldición de Thelma obtuvo el Premio Especial del Jurado y galardón al Mejor guion en el Festival de Sitges; Mejor Fotografía y Mejor Actriz en el Festival de Mar del Plata 2017 y fue seleccionada en su país para aspirar al Oscar como la Mejor Película Extranjera.


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